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Relato: Ante el espejo

Redactor Escrito por David Táboas el 4 de Mayo de 2008.

Hablaba solo.Creía que así dejaba a un lado la soledad.Se vio reflejado en el cristal de un comercio.Ya no se reconocía.Había perdido todo: su identidad, su forma de ser, sus intereses, sus gustos, sus miedos…ya no era él. Sencillamente él era el del espejo: frío, inmovil, reflejo de una sociedad abrumadora y consumista…



Relato: Sentado en un banco

Redactor Escrito por David Táboas el 27 de Abril de 2008.

El banco era en aquel momento el mejor asiento que pudiese existir. Todo la gente pasaba delante suya, pero él estaba solo. Solo en aquel banco. Sin esperar a nadie, buscando su verdad en el fondo de la plaza.

Su ojos estaban clavados en una dirección. Una sensación lo estremeció y una mano agarra su hombro suavemente.

-Hola, ¿que tal? - dijo una voz.

Extrañado, se giró a mirar quien era. En el camino se encontró con una mirada ilusionada. Esa mirada transmitía felicidad. Una felicidad que nunca antes había sentido. Un sentimiento que le hacía pensar que estaba en una nube y que el mundo también dependía de él.



Relato: Tempus Fugit

Redactor Escrito por David Táboas el 13 de Abril de 2008.

Tumbado en la hierba miraba como las nubes pasaban por encima de él. El viento era cada vez más fuerte y las nubes pasaban cada vez más deprisa sobre su cabeza. Perecía que el tiempo empezara a acelerar. Se levantó y pensó en aprovechar el tiempo que le quedaba.

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Relato: Cuenta…

Redactor Escrito por Jesus G.G el 16 de Marzo de 2008.

 sisifo      

        Cuenta la mitología griega que Sísifo, rey legendario de Corinto, intentó burlar a la muerte con múltiples argucias. Finalmente, lo único que consiguió fue enfadar de tal modo a los Dioses, que estos le aplicaron un castigo sin igual: lo condenaron a empujar montaña arriba una piedra gigante que justo antes de alcanzar la cima, caía de nuevo al valle, viéndose Sísifo obligado a empujarla otra vez montaña arriba hasta la cima; así hasta el fin de los tiempos.

        Cuenta la vida que el hombre occidental contemporáneo, hombre entre los hombres, quiso escapar a su propia condición para buscar la tranquilidad de alma. Finalmente, lo único que consiguió fue enfadar de tal modo a la Divina Esencia, que ésta le aplicó un castigo sin parangón: el hombre quedó relegado a trabajar y divertirse de manera vana y rutinaria hasta que, justo antes de encontrar un sentido a todo aquello, las circunstancias le obligaban de nuevo a trabajar y divertirse de manera vana y rutinaria; así hasta el fin de sus días.



Relato: Pensamientos de una mujer

Redactor Escrito por David Táboas el 9 de Marzo de 2008.

Antes de nada quiero decir que el relato debería ser publicado en el día de ayer, pero por cumplir la periodicidad de los relatos lo publico hoy.

Anticipo que está referido al Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y que no todos son trabajos remunerados:

Mujer Trabajadora

Me duele la cabeza…estoy algo mareada…voy a lavarme la cara y a tomar una aspirina, a ver si se me pasa.

Uff, que sucia está la casa, luego la recojo, esperemos que no venga ninguna visita, jeje.

Y los niños en el colegio…hoy les prepararé algo de pasta, que les encanta. Y albóndigas para mí y para Julio, que ahora debe de estar en la hora de descanso, a ver si lo llamo para saber cómo le va la mañana.

Aaay, tengo que ir al super a comprar, ya se me olvidaba. Voy a hacer una lista para que no se me olvida nada por el camino.

Y por la tarde llevaré los niños a la piscina e iré a visitar a mi madre, para ver cómo se encuentra, seguro que necesita ayuda con la casa… recogeré a los niños, prepararé la cena e intentaré ver una película, que creo que hoy echaban una muy buena por la televisión…ah, pero no puedo, tengo que planchar, que Julio necesita la ropa para mañana.



Relato: Mi tío

Redactor Escrito por Jesus G.G el 2 de Marzo de 2008.

Mi tío suele decirme: «El hombre está hecho para trabajar. Trabajando está uno distraído y no se piensa. Es muy malo eso de andar siempre cavilando; sólo Dios sabe lo peligrosas que son las cabezas ociosas». Para terminar con sus consejos, y como todo buen orador haría, utiliza una especie de retórica melancólica: «Llevo trabajando desde los ocho años en el campo, y aquí me ves con sesenta hecho aún un mozo. Gracias a Dios nunca me han faltado la salud ni el trabajo… pero ¿sabes por qué? Porque el trabajo es salud». Mientras lo escucho, me gusta asentir con mirada escéptica y ademán que denote perspicacia.



Relato: Vivir de recuerdos

Redactor Escrito por David Táboas el 24 de Febrero de 2008.

Era un domingo cualquiera. Esta sentado en un banco cualquiera, como cualquier domingo.

De pronto la vio. Aquellos años fueron inmejorables y le seguía guardando el mismo cariño que le tenía desde aquel último abrazo.

No pudo contener las ganas de ir hacia ella, y se encaminó firme y sin pensarlo, pero tras un momento se congeló, quedó parado en medio del trayecto que les separaban sin moverse. Tenía miedo a que ella no le siguiera guardando el mismo cariño.

Decidió darse la vuelta y vivir de los recuerdos, no quería estropear sus pensamiento.

Caminaba en sentido contrario cuando una voz lo llamó a lo lejos. Se giró sin pensarlo. El abrazo a seguir fue eterno. Por sus cabezas pasaban todos los momentos que había vivido juntos: todas las risas, todos los enfados…todo.

Él empezó a hablar, le preguntó por su vida, por su trabajo, por todo lo que le había pasado en este tiempo. Decidieron ir a una cafetería para hablar largo y tendido. Las horas pasaron volando…hasta que llegó de nuevo el último abrazo.

Éste fue mejor que el anterior, pero sabían que no sería el último…y que de los recuerdos no se puede vivir.



Relato: Amor

Redactor Escrito por Jesus G.G el 17 de Febrero de 2008.

        Al mirarnos comprendí la vida: habíamos creado para nosotros el Amor, pero no uno cualquiera, sino ese que está por encima de sí mismo. Todo un mundo con su bien y su mal, con su alegría y su tristeza, con su paz y su guerra, con su esperanza y su desilusión, con su llanto y su sonrisa, con su justicia y su injusticia, con su grandeza y su miseria; absolutamente todo quedó reducido a nuestro Amor.

        Lo demás nunca tuvo sentido.



Relato: El paso del tiempo

Redactor Escrito por David Táboas el 10 de Febrero de 2008.

Estaba en la estación. El tren pasó de largo. Volvió para su casa, ya no tenía nada que hacer. Pensó en su tiempo perdido. Se durmió.

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Relato: ¿Estoy vivo?

Redactor Escrito por Jesus G.G el 3 de Febrero de 2008.

Veo sonrisas, gestos de cordialidad, vestimentas impolutas… y un autobús que llega puntual a su hora. Ocupo el último asiento y pongo mi abrigo al lado para que nadie me moleste. Observo como los demás pasajeros se mueven y ocupan sus lugares; lo hacen sin esencia, sin energía, sólo maquinalmente. Cuando el autobús arranca empiezan las conversaciones cotidianas: el precio de la vida, el alcoholismo del vecino, la locura de la juventud, la cita con la peluquería… Me tapo los oídos. «Ojala no tuviera que pasar por esto», pienso.

Llegamos al destino. Soy el último en abandonar el autobús. Enseguida me doy cuenta de que no sé para qué he ido a ese lugar. Camino sin un porqué. Empieza a abrumarme el entorno: más sonrisas, más gestos de cordialidad, más vestimentas impolutas… nadie me parece distinto. Me meto en un bar y pido una cerveza. El ruido me irrita. Comprendo que necesito salir de allí. Dejo tres euros en la mesa y me voy, no quiero intercambiar palabras ni gestos ni miradas con el camarero. No me importa dejar propina, en realidad no me importa nada. Ya en la calle, un anciano me pide fuego; parece simpático. Cuando empieza a hablarme de su vida, cambia mi impresión sobre él. Me escapo de su orbita sin despedirme.

Son las ocho y debo tomar el tren. Otra vez las sonrisas, los gestos de cordialidad, las vestimentas impolutas… rompo a llorar sin saber por qué. Una mujer de unos cuarenta años intenta consolarme. Es un buen gesto, pero no me gusta que me incordien. Me seco las lágrimas. Subo al tren y pago los 5,23€ del billete. Apenas quedan sitios libres; sólo dos. O me siento al lado de una anciana o al lado de una joven rubia con tez de princesa. En menos de dos segundos tengo que decidir. Descarto sentarme al lado de la anciana. Descarto sentarme al lado de la muchacha, me asusta su belleza. Voy al servicio y me encierro. Como son sólo treinta minutos de viaje, los paso allí. Todo sucede muy rápido, nadie ha venido al servicio durante el trayecto. Me bajo en la estación; de nuevo soy el último en hacerlo.

Llego a casa. Beso a aquella mujer que vive conmigo; creo que somos pareja. Me pregunta por el trabajo, yo le respondo que bien. Empieza a besarme, se supone que quiere que hagamos el amor; lo hacemos. «Esto no es hacer el amor», me digo para mí. Al terminar, compartimos un cigarrillo y hablamos sobre algo que no me interesa. Veinte minutos más tarde empieza de nuevo a besarme; salto de la cama. Me visto y voy a dar un paseo. La calle me espera: sonrisas, gestos de cordialidad, vestimentas impolutas… «¿Estoy vivo?» me pregunto. Camino e intento no responder.







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